Desde que tienen uso de razón, los niños ponen a prueba a sus padres par saber exactamente hasta dónde pueden llegar. Dejarles claro desde el primer momento qué es lo que pueden y lo que no pueden hacer les ayudará a ser más responsables.
Los padres deben ser coherentes, es decir, establecer las normas y procurar que se cumplan siempre, sin excepciones. Hay que tener en cuenta que los cambios de estrategia menoscaban su autoridad.
Si se incumplen las normas, debemos darles la oportunidad de recapacitar y rectificar. Pedirle que se vaya a un lugar concreto para que esté en silencio y piense en lo que ha hecho es un buen sistema.
Cuando los niños son pequeños, es habitual que tengan rabietas. En estos casos, es primordial mantener la calma y no darles lo que piden.
Es importante que, además de la disciplina, se lleve a cabo lo que se denomina refuerzo positivo, es decir, felicitarle cada vez que haga algo bien.
Hay que intentar ser firme, sobre todo en las órdenes importantes, hablar con un tono de voz seguro (sin gritar) y utilizar un lenguaje claro y concreto.

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